viernes 26 de junio de 2009

CUENTOS DETRÁS DE LA PELOTA

CUENTOS DETRÁS DE LA PELOTA

La imagen no es nada; el fútbol lo es todo

La historia de Bernancio, que gracias al fútbol cambió el rumbo de su vida.

Chueco, con nariz prominente y un destacado mentón, que le valió el apodo de cara con balcón. La pubertad le dejó muchas marcas en su rostro. Un grano más y se recibía de choclo. Era fiero, sin embargo sus amigos del barrio irónicamente lo apodaron el lindo, aunque él sabía que era una broma.

Una sucia pelusa bordeaba sus labios. No se la afeitaba porque para él era un lindo bigote, que a su vez lo hacía más varonil. Eso es lo que él entendía que le decía el espejo. De su cuerpo, las glándulas sudoríparas emanaban un aroma particular, ácido. Definitivamente, Rexona lo abandonó de chiquito. En todo era la excepción a la regla: no era afortunado en el juego ni en el amor.

Cuando un amigo necesitaba que le haga la segunda con una amiga de su amiga, lo presentaban como un chico bueno e inteligente, re cariñoso y romántico. En eso no mentían, porque él tenía esas características.

A todos sus impedimentos físicos, la carta de presentación no era del todo favorable: los padres no tuvieron compasión al bautizarlo Bernancio.

Era muy salidor. En el baile, si lograba superar el primer filtro sin que su "objetivo" hiciera alguna broma con las amigas, después de la tradicional pregunta "¿Siempre venís acá?", cuando decía su nombre, pocas continuaban a su lado.

Encaraba a toda mujer que se le cruzaba; sin embargo, tenía más rebotes que una "Caprichito". Lejos de deprimirse, él insistía. Le habían dicho que a las 5 de la mañana, producto de los efectos del alcohol y otras yerbas, algo podía enganchar. Pero el final siempre era el mismo: a su casa regresaba cabizbajo.

Amante del fútbol, ya sea como espectador o como jugador, integraba un equipo que habían conformado con sus amigos del barrio, con el cual competían en varios torneos de cancha de once. Era un 4 aguerrido, con poca marca, pero con mucha pierna fuerte. Tenía menos proyección que láser roto. Sin embargo, dos eran sus virtudes: ordenaba a sus compañeros dentro del terreno de juego y después de los quince minutos, cuando había entrado en calor, ninguno de los rivales se animaba a transitar por su sector: sus aromas corporales, lo impedían.

En una de sus tardes de ocio, estaba sentado en el kiosco, tomando una coca, mientras conversaba con Tuerca, el loco del barrio. Le contó toda su trayectoria nocturna y su problema con las chicas. Pensaba que su metro cincuenta y dos y sus cuarenta y ocho kilos eran las causas de su problema. Pero Tuerca, apodado así porque era el cadete en la ferretería de su padre, como un enviado de dios, le hizo una recomendación: "Tengo la solución a tu problema: metete en el ambiente del fútbol profesional. Ahí, tiene levante hasta el más fulero".

Esa frase le quedó rondando en su cabeza durante toda la noche. Además en el saber popular tenía entendido que los locos, como los chicos y los borrachos, dicen la verdad.

Al otro día se levantó a las 6.30, todo un acontecimiento en sus 19 años. Mates y tostadas de por medio, le comentó a su padre su anhelo de vivir del fútbol y le pidió plata para viajar a Héctor Roberto Chavero, un pueblito que quedaba a cuarenta kilómetros de Las Maris. En realidad por primera vez en su vida le mintió a Don Rococó: él no quería vivir del fútbol; quería triunfar con las chicas.

Creía que por su forma de juego, quedaría en el Club Atahualpa del Oeste, la institución más prestigiosa y convocante de la región. Llegó en el tiempo justo, en el momento indicado: el que estaba haciendo la prueba de jugadores era su padrino, Don Julio.

Tenía todo a su favor: el lateral por la derecha de la Primera se había retirado y en las inferiores tampoco había una alternativa. Así que en la prueba, fue el primero que quedó convocado.

Se entrenó muy duro durante la pretemporada y cumplió las órdenes a rajatabla. Convenció al entrenador y en el primer partido de la temporada fue titular.

La presentación en el campeonato fue en su estadio contra el clásico rival, Los Lecheros. El desarrollo del juego era parejo, hasta que apareció Bochín Ferluto, el goleador de su equipo, e hizo estallar a la hinchada. En los últimos minutos, el visitante fue decidido en busca del empate. Bernancio era resistido, pero venía cumpliendo un partido prolijo, sin demasiados errores, a pesar de que la presión que le hacían sentir desde atrás del alambrado era intensa. Iban 46 minutos del segundo tiempo. El árbitro había adicionado dos minutos más al reglamentario. La defensa estaba sólida, pero una distracción del zaguero central obligó al arquero a salir a achicar hasta el borde del área grande. El delantero le picó la pelota y cuando parecía que atravesaba la línea de meta y convertía el empate, apareció la pierna derecha de "Berna" y la despejó. Con el pitazo final llegó el desahogo y la alegría de todo un pueblo.

Al otro día, en la tapa de los diarios se publicó la misma imagen: el festejo del debutante, el héroe de la jornada.

Esa jugada le cambió la vida. Al otro fin de semana, como jugaba la Selección Argentina, los jugadores tuvieron descanso. Aprovechó la ocasión para salir con sus amigos a divertirse un rato. En el boliche más top de la zona, lo hicieron pasar sin cobrarle entrada y además lo ubicaron en el sector vip. No tuvo que encarar a nadie, las chicas hacían cola para estar con él.

Reportó: Leonardo Mazza