QUE BUENAS NOTAS MANDA AMAOLO !!!
La Mano de Dios
Por Ezequiel Fernández Moores
Los atletas pasaron todos los días por arriba de las casas precarias y hacinadas de la Comuna 13. Siete años antes eso era Irak. Durante los cuatro días de octubre de 2002 que duró la Operación Orion, mil hombres del ejército y la policía entraron a balazo limpio, apoyados por helicópteros, tanquetas y metrallas. La represión, que apuntó a desmantelar guaridas de la guerrilla, fue indiscriminada. Las balas alcanzaron a menores y seminaristas. Los inocentes que llegaban heridos a la unidad de salud eran sometidos primero a huellas dactilares y pruebas para detectar si habían efectuado disparos. Sólo después eran atendidos. Militares, paramilitares, guerrilleros y narcos combatieron mucho tiempo por controlar la zona. La situación no es la misma en 2010. Del 19 al 30 de marzo pasaron por allí en un teleférico los atletas que compitieron en los recientes Juegos Odesur. Medellín apostó a integrar la zona más violenta y marginada de la ciudad. Construyó la Villa Sudamericana en lo alto de la montaña. Las cabinas del metrocable pasaban a poca distancia, casi ingresando en las casas, muchas de ellas con techos de lata. Cuando les tocó organizar un Mundial o un Juego Olímpico, algunas ciudades construyeron muros para esconder a los pobres y echaron mendigos de las calles. Medellín, que sufrió la violencia como pocas otras, hizo todo lo contrario. No usó al deporte para tapar.
"¿No es riesgoso? ¿No temen incidentes durante los Juegos?", pregunté en noviembre, en plena subida por el teleférico a mi anfitrión, el periodista colombiano José Alejandro Castaño, un fabuloso contador y escritor de historias de narcos y también de hinchas ciegos del Independiente Medellín que van a la tribuna y siguen el partido pegados a la radio. Lo fue. El martes 23 de marzo, la selección Sub 17 del fútbol peruano que jugaba en los Odesur sufrió una balacera mientras bajaba por el metrocable para ir a entrenarse. Debajo, se disparaban dos pandillas. Los jugadores gritaron nerviosos. El descenso fue interrumpido y se reanudó 15 minutos después. Los analistas cuentan que el Operativo Orion fue aprovechado por los paramilitares, que aplastaron a líderes de organizaciones sociales y se convirtieron en los nuevos patrones de la Comuna 13, territorio que antes manejaba Pablo Escobar, líder del Cartel de Medellín, con "Popeye", "Tyson", "Mugre" y algunos otros secuaces. En sus peores años de plomo, Medellín mató a una generación de jóvenes. Más de 40.000 murieron en los últimos 20 años. En 1991 hubo 6971 muertos en una ciudad de casi dos millones y medio de habitantes. La tasa de homicidios fue récord: 444 por cada cien mil habitantes. Veinticinco años después, en 2006, los muertos bajaron a 382 y la tasa a 74.
Los barrios de Comuna 13, donde viven unas 130.000 personas, llevan nombres como La Luz del Mundo, Juan XXIII, El Pesebre o El Paraíso. Otros barrios pobres de Medellín se llaman Nueva York, París, Río de Janeiro o Buenos Aires, cada uno bajo control de uno o varios clanes. También estaba La Mano de Dios. El asentamiento, que controlaba el bloque paramilitar Cacique Nutibara, se incendió el 6 de marzo de 2003. Sus habitantes fueron mudados a Nuevo Amanecer, en Villatina, oriente de Medellín. Líderes sociales como Daniel Mosquera Girón y Jorge Murillo, que reclamaban porque las promesas de mejoras jamás llegaron, sufrieron persecución de paramilitares y de policías. La Mano de Dios rinde homenaje, pero el fútbol argentino decidió no ir a los Odesur. El fútbol, por supuesto, es religión en Medellín. Más ahora que el DIM está primero en el campeonato colombiano. Casi una docena de ex dirigentes del club fueron capturados y enviados a juicio hace unos meses, acusados de vínculos con el narcotráfico. La Justicia les secuestró medio centenar de propiedades. Se estima que el club sirvió para lavar unos 150 millones de dólares durante tres décadas. El principal acusado es Rodrigo Tamayo, propietario del club hasta 2005. Actualmente es pastor de la iglesia Adventista.
El fútbol no hubiese evitado que la Argentina cumpliera en Medellín su peor actuación en la historia de los Odesur. La Argentina ganó los siete primeros Juegos, fue tercera en 2002 y volvió a triunfar en 2006 de local, con 107 medallas de oro, casi el doble que las 54 ganadas ahora en Medellín. Por primera vez quedó afuera del podio. Es un puesto inédito, como el octavo de los últimos Juegos Panamericanos. La gestión de seis años de Claudio Morresi recuperó en Atenas 2004 y renovó en Pekín 2008 el oro olímpico que faltaba desde hacía medio siglo. Procuró mayor trasparencia en el manejo de los dineros públicos. Y hay casos concretos de cercanía a los deportistas. En Medellín cumplieron, entre otros, los deportes acuáticos (remo, esquí, yachting y algo menos el canoaje) y los de equipo (que ganaron cuatro oros). Pero la Argentina volvió a fracasar en los tres deportes tradicionales del olimpismo (atletismo, natación y gimnasia). Son los que más tiempo requieren de trabajo y casi han desaparecido de los clubes que sobrevivieron a la sequía.
Colombia, que fue última en los terceros Odesur, en 1986, ganó ahora delante de Brasil y de Venezuela. Su localía sirvió para que los Odesur de Medellín tuvieran 13 modalidades que ni siquiera figuraron en Buenos Aires 2006. El nuevo programa permitió a Colombia acumular 57 oros sólo en bowling (ganó 14 de los 20 en juego), patín carrera (23) y ciclismo (16). La Argentina, en cambio, ganó 21 oros distribuidos en siete modalidades distintas. Colombia invirtió 150 millones de dólares para organizar los Juegos. El presupuesto deportivo récord de la región lo tiene Venezuela. El presidente Hugo Chávez lo aumentó 20 veces en los últimos diez años y lo subió a 240 millones de dólares. Supera los 220 millones de Brasil y ni se compara con los 32 millones de la Argentina. Asistí en noviembre pasado a fortísimos debates en Maracay, en los que el presidente del Comité Olímpico Venezolano, Eduardo Romero, debía dar explicaciones a cientos de atletas sobre por qué tanto dinero no se traducía en mejores resultados. "El deporte sigue estando bajo secuestro de las federaciones deportivas, algunas de las cuales tienen los mismos asesores hace veinte años y que ya trabaron cuatro nuevos proyectos de ley", me dice ahora un alto funcionario. Se pregunta, además, por qué Venezuela quedó ahora detrás de Colombia si le había ganado por más de 40 oros este mismo año en los Juegos Bolivarianos y por qué sumó 89 oros en Medellín, cuando había ganado 97 en Buenos Aires 2006. Más que Colombia o Venezuela, los especialistas argentinos me cuentan que la sorpresa fue Brasil, porque logró triunfos inesperados en deportes de combate, esgrima, pesas, tiro con arco y tiro, clara señal de su trabajo con vistas a los Juegos Olímpicos que se celebrarán en Río en 2016. La Argentina confía ahora en subir su presupuesto a través del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Enard). El polémico impuesto al uso de la telefonía celular impulsado por el nuevo presidente del Comité Olímpico Argentino (COA), Gerardo Werthein, accionista con su familia en Telecom, podría recaudar unos 250 millones de pesos al año. Sumados a los 126 millones de pesos del presupuesto 2010, la suma global sería de casi 100 millones de dólares.
El dinero, y también la planificación, son claves en el alto rendimiento. Pero el deporte, sabemos, es mucho más que dinero y medallas. Medellín sufrió en 2009 un aumento de la violencia. Los homicidios subieron a 2178. El periodista y escritor Alonso Salazar Jaramillo, alcalde de la ciudad, destina el 40 por ciento de su presupuesto a la educación pública. "Hemos tomado la educación, la cultura y el deporte como herramientas de trasformación. La peor barrera para la inclusión es la inequidad en la educación. En América latina, hay gente que parte con 50 metros de ventaja; la equidad es el derecho a que todos partamos desde la misma línea", dice Salazar. El objetivo de ser los mejores, de llegar al oro, dice a su vez Alicia Vargas, organizadora de los Juegos de Medellín, "a veces nos hace daño". Y agrega: "El objetivo del deporte no es superar a los demás, sino transformarse". En eso están las 621 familias de bajos recursos ("estrato 1", se las llama en Colombia) que recibieron subsidios para acceder por fin a una vivienda digna. Son los nuevos residentes de la Villa Sudamericana. Arriba de la Comuna 13. Cerca de La Mano de Dios.
Por Ezequiel Fernández Moores
Los atletas pasaron todos los días por arriba de las casas precarias y hacinadas de la Comuna 13. Siete años antes eso era Irak. Durante los cuatro días de octubre de 2002 que duró la Operación Orion, mil hombres del ejército y la policía entraron a balazo limpio, apoyados por helicópteros, tanquetas y metrallas. La represión, que apuntó a desmantelar guaridas de la guerrilla, fue indiscriminada. Las balas alcanzaron a menores y seminaristas. Los inocentes que llegaban heridos a la unidad de salud eran sometidos primero a huellas dactilares y pruebas para detectar si habían efectuado disparos. Sólo después eran atendidos. Militares, paramilitares, guerrilleros y narcos combatieron mucho tiempo por controlar la zona. La situación no es la misma en 2010. Del 19 al 30 de marzo pasaron por allí en un teleférico los atletas que compitieron en los recientes Juegos Odesur. Medellín apostó a integrar la zona más violenta y marginada de la ciudad. Construyó la Villa Sudamericana en lo alto de la montaña. Las cabinas del metrocable pasaban a poca distancia, casi ingresando en las casas, muchas de ellas con techos de lata. Cuando les tocó organizar un Mundial o un Juego Olímpico, algunas ciudades construyeron muros para esconder a los pobres y echaron mendigos de las calles. Medellín, que sufrió la violencia como pocas otras, hizo todo lo contrario. No usó al deporte para tapar.
"¿No es riesgoso? ¿No temen incidentes durante los Juegos?", pregunté en noviembre, en plena subida por el teleférico a mi anfitrión, el periodista colombiano José Alejandro Castaño, un fabuloso contador y escritor de historias de narcos y también de hinchas ciegos del Independiente Medellín que van a la tribuna y siguen el partido pegados a la radio. Lo fue. El martes 23 de marzo, la selección Sub 17 del fútbol peruano que jugaba en los Odesur sufrió una balacera mientras bajaba por el metrocable para ir a entrenarse. Debajo, se disparaban dos pandillas. Los jugadores gritaron nerviosos. El descenso fue interrumpido y se reanudó 15 minutos después. Los analistas cuentan que el Operativo Orion fue aprovechado por los paramilitares, que aplastaron a líderes de organizaciones sociales y se convirtieron en los nuevos patrones de la Comuna 13, territorio que antes manejaba Pablo Escobar, líder del Cartel de Medellín, con "Popeye", "Tyson", "Mugre" y algunos otros secuaces. En sus peores años de plomo, Medellín mató a una generación de jóvenes. Más de 40.000 murieron en los últimos 20 años. En 1991 hubo 6971 muertos en una ciudad de casi dos millones y medio de habitantes. La tasa de homicidios fue récord: 444 por cada cien mil habitantes. Veinticinco años después, en 2006, los muertos bajaron a 382 y la tasa a 74.
Los barrios de Comuna 13, donde viven unas 130.000 personas, llevan nombres como La Luz del Mundo, Juan XXIII, El Pesebre o El Paraíso. Otros barrios pobres de Medellín se llaman Nueva York, París, Río de Janeiro o Buenos Aires, cada uno bajo control de uno o varios clanes. También estaba La Mano de Dios. El asentamiento, que controlaba el bloque paramilitar Cacique Nutibara, se incendió el 6 de marzo de 2003. Sus habitantes fueron mudados a Nuevo Amanecer, en Villatina, oriente de Medellín. Líderes sociales como Daniel Mosquera Girón y Jorge Murillo, que reclamaban porque las promesas de mejoras jamás llegaron, sufrieron persecución de paramilitares y de policías. La Mano de Dios rinde homenaje, pero el fútbol argentino decidió no ir a los Odesur. El fútbol, por supuesto, es religión en Medellín. Más ahora que el DIM está primero en el campeonato colombiano. Casi una docena de ex dirigentes del club fueron capturados y enviados a juicio hace unos meses, acusados de vínculos con el narcotráfico. La Justicia les secuestró medio centenar de propiedades. Se estima que el club sirvió para lavar unos 150 millones de dólares durante tres décadas. El principal acusado es Rodrigo Tamayo, propietario del club hasta 2005. Actualmente es pastor de la iglesia Adventista.
El fútbol no hubiese evitado que la Argentina cumpliera en Medellín su peor actuación en la historia de los Odesur. La Argentina ganó los siete primeros Juegos, fue tercera en 2002 y volvió a triunfar en 2006 de local, con 107 medallas de oro, casi el doble que las 54 ganadas ahora en Medellín. Por primera vez quedó afuera del podio. Es un puesto inédito, como el octavo de los últimos Juegos Panamericanos. La gestión de seis años de Claudio Morresi recuperó en Atenas 2004 y renovó en Pekín 2008 el oro olímpico que faltaba desde hacía medio siglo. Procuró mayor trasparencia en el manejo de los dineros públicos. Y hay casos concretos de cercanía a los deportistas. En Medellín cumplieron, entre otros, los deportes acuáticos (remo, esquí, yachting y algo menos el canoaje) y los de equipo (que ganaron cuatro oros). Pero la Argentina volvió a fracasar en los tres deportes tradicionales del olimpismo (atletismo, natación y gimnasia). Son los que más tiempo requieren de trabajo y casi han desaparecido de los clubes que sobrevivieron a la sequía.
Colombia, que fue última en los terceros Odesur, en 1986, ganó ahora delante de Brasil y de Venezuela. Su localía sirvió para que los Odesur de Medellín tuvieran 13 modalidades que ni siquiera figuraron en Buenos Aires 2006. El nuevo programa permitió a Colombia acumular 57 oros sólo en bowling (ganó 14 de los 20 en juego), patín carrera (23) y ciclismo (16). La Argentina, en cambio, ganó 21 oros distribuidos en siete modalidades distintas. Colombia invirtió 150 millones de dólares para organizar los Juegos. El presupuesto deportivo récord de la región lo tiene Venezuela. El presidente Hugo Chávez lo aumentó 20 veces en los últimos diez años y lo subió a 240 millones de dólares. Supera los 220 millones de Brasil y ni se compara con los 32 millones de la Argentina. Asistí en noviembre pasado a fortísimos debates en Maracay, en los que el presidente del Comité Olímpico Venezolano, Eduardo Romero, debía dar explicaciones a cientos de atletas sobre por qué tanto dinero no se traducía en mejores resultados. "El deporte sigue estando bajo secuestro de las federaciones deportivas, algunas de las cuales tienen los mismos asesores hace veinte años y que ya trabaron cuatro nuevos proyectos de ley", me dice ahora un alto funcionario. Se pregunta, además, por qué Venezuela quedó ahora detrás de Colombia si le había ganado por más de 40 oros este mismo año en los Juegos Bolivarianos y por qué sumó 89 oros en Medellín, cuando había ganado 97 en Buenos Aires 2006. Más que Colombia o Venezuela, los especialistas argentinos me cuentan que la sorpresa fue Brasil, porque logró triunfos inesperados en deportes de combate, esgrima, pesas, tiro con arco y tiro, clara señal de su trabajo con vistas a los Juegos Olímpicos que se celebrarán en Río en 2016. La Argentina confía ahora en subir su presupuesto a través del Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Enard). El polémico impuesto al uso de la telefonía celular impulsado por el nuevo presidente del Comité Olímpico Argentino (COA), Gerardo Werthein, accionista con su familia en Telecom, podría recaudar unos 250 millones de pesos al año. Sumados a los 126 millones de pesos del presupuesto 2010, la suma global sería de casi 100 millones de dólares.
El dinero, y también la planificación, son claves en el alto rendimiento. Pero el deporte, sabemos, es mucho más que dinero y medallas. Medellín sufrió en 2009 un aumento de la violencia. Los homicidios subieron a 2178. El periodista y escritor Alonso Salazar Jaramillo, alcalde de la ciudad, destina el 40 por ciento de su presupuesto a la educación pública. "Hemos tomado la educación, la cultura y el deporte como herramientas de trasformación. La peor barrera para la inclusión es la inequidad en la educación. En América latina, hay gente que parte con 50 metros de ventaja; la equidad es el derecho a que todos partamos desde la misma línea", dice Salazar. El objetivo de ser los mejores, de llegar al oro, dice a su vez Alicia Vargas, organizadora de los Juegos de Medellín, "a veces nos hace daño". Y agrega: "El objetivo del deporte no es superar a los demás, sino transformarse". En eso están las 621 familias de bajos recursos ("estrato 1", se las llama en Colombia) que recibieron subsidios para acceder por fin a una vivienda digna. Son los nuevos residentes de la Villa Sudamericana. Arriba de la Comuna 13. Cerca de La Mano de Dios.




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