Argentina en el Mundial 58: Desdén y canibalismo (por Alejandro Di Giacomo)
Capítulo 1: 1958: Desdén y canibalismo
“Siempre me arrepentí de haber formado parte de la Selección de Suecia”
(Amadeo Carrizo).
Flores. Una explosión de colores por todas partes. En las diminutas ventanas de viviendas coquetas, en las calles, en los portales de los hoteles, en las pulcras plazoletas. Ramilletes alegres, siempre acomodados con esmero dentro de robustas tinas de madera oscura. Las flores, el silencio y la quietud, además de los amaneceres apresurados, con el sol que se empecinaba en despuntar a las cuatro y media de la mañana, era lo que más llamaba la atención al grupo de futbolistas argentinos en Ramlos. Un pequeño poblado a diez kilómetros de Heisingburg, en el sur de Suecia, cerca del límite con Dinamarca. En ese villorrio, de viviendas bajas y amplias arboledas, salpicado por los matices fugaces del verano luego del interminable invierno escandinavo, un puñado de argentinos aguardaba ansioso. Seguro y convencido de su supuesto poderío, velaba armas para afrontar la primera gran aventura futbolística nacional en suelo europeo. Junio de 1958, la sexta Copa del Mundo de Fútbol estaba por empezar.
Ramlos fue el lugar que los organizadores le adjudicaron a la Selección argentina para afincarse. No había demasiado movimiento en un poblado de hábitos tempraneros. Tímidas muchachas fisgaban cada día el entrenamiento de los argentinos. Con sus faldas vaporosas, sus soquetes siempre blancos y sus pieles pálidas, nacaradas, entusiasmaban a los jóvenes muchachos que soñaban con halagos deportivos. Hasta posaban junto a ellos para satisfacción de algún ávido reportero, en busca de tomas de ambiente en horas previas al comienzo de la acción.
Europa estaba en plena efervescencia, tras el reordenamiento que impuso el fin de la Segunda Guerra Mundial. Inglaterra se ponía lentamente de pie, Italia mostraba graduales indicadores de crecimiento, pero la economía aún tenía abruptos vaivenes. Lo mismo ocurría en Alemania, inundada de inversiones estadounidenses. En Francia la crisis política obligaba a una desesperada convocatoria del general Charles de Gaulle, quien terminaría fundando la Quinta República. Suecia, ajena a la contienda bélica, lucía una calma y esplendor que el resto del Viejo Continente envidiaba. Durante el atroz dominio de Adolfo Hitler, los suecos había sido proveedores de hierro para la poderosa industria bélica germana, pero cuando los aliados comenzaron a hacerse fuertes, las exportaciones de minerales del territorio sueco enfilaron mayoritariamente hacia Inglaterra, dejando de lado coqueteos con el nazismo. Con el Mundial cercano, los propios suecos cuestionaban los vínculos que su gobierno había edificado con Hitler en los años duros. Aquella política pendular evitó la invasión germana y permitió que, al finalizar el conflicto, la infraestructura sueca y su industria estuvieran intactas. Eso llevó al país a convertirse en el primer abastecedor de productos para las demás naciones europeas en ruinas. Así, esa Suecia floreciente y opulenta era el lugar ideal para albergar un Mundial en aquellos tiempos. La FIFA, que todavía estaba lejos de su era de globalidad, expansionismo y marketing, ya mostraba buen ojo para sacar ventajas. En Argentina el 1º de mayo de 1958, Arturo Frondizi se había calzado la banda presidencial. La cruenta Revolución Libertadora llegaba a su fin y el nuevo mandatario, con ciertos rasgos de estadista y elogiado por los sectores intelectuales, ascendía al poder beneficiado por los votos del Peronismo proscrito. El flamante mandatario otorgó un aumento salarial y, para espanto de los nacionalistas de izquierda y de derecha, firmó contratos de explotación petrolera con empresas extranjeras. También favoreció la radicación de compañías siderúrgicas y fortaleció a la industria automotriz. El país parecía encaminarse hacia una ruta de prosperidad, aunque el nuevo gobierno nacía con lastres amenazantes. Las sombras de siempre se movían en los cuarteles. Cuarenta horas agotadoras de viaje, en un avión ruidoso e incómodo soportaron los futbolistas argentinos para llegar a Europa. Afrontaron luego tres partidos amistosos en Italia para la puesta a punto. Una dulce cosecha de tres victorias no hizo más que acrecentar el espíritu triunfalista que rodeaba a los dirigidos por el entrenador Guillermo Stábile, desde que salieron de Buenos Aires. El técnico traía sus propios pergaminos: máximo goleador del primer Mundial de la historia, con 8 goles en Uruguay en 1930. Estaba sólido, al frente del equipo argentino desde 1941. Había tomado la conducción poco después de abandonar el fútbol, tras pasos por clubes de Italia y Francia. Indiscutido en su cargo, a Stábile se lo consideraba gran conocedor del fútbol europeo. Acababa de ganar, pleno de fulgores, en 1957, el Campeonato Sudamericano en Lima, lo que le adosaba cierta aura mítica.
La Selección argentina estaba armada en base al River Plate tricampeón nacional de 1955, 56 y 57. Aún paladeaba el éxito del Sudamericano de Perú, con un plantel que fue apodado “los carasucias”, por su juventud y desinhibición. Aquel improvisado equipo ganó el título continental con 25 goles a favor y sólo seis en contra, además de un humillante 3-0 a Brasil. Esos brillos vanagloriaron al fútbol argentino, a la prensa y a todo el país. El juego esplendoroso y casi artístico de aquel plantel trazó una huella imborrable en la historia del fútbol nacional, pero también sembró omnipotencia. Nadie esperaba otra cosa que el regreso de Suecia con el título en las manos.
“Había una confianza exagerada. Todos creían, y nosotros también, que íbamos a coronarnos campeones del mundo con facilidad. La gente y el periodismo estaban convencidos de que el fútbol argentino era invencible. Éramos los mejores, lo decían todo el tiempo. Nosotros mismos sentíamos eso”, recuerda Amadeo Carrizo, el legendario arquero, hoy cerca de los 80 años.
Para Rolando Martiñá, psicólogo y ensayista, “los aires triunfalistas son un ‘clásico’ argentino”. “Sobre todo de los porteños. No hay mujeres como las argentinas, la mejor ciudad es la nuestra, tenemos la avenida más ancha, la más larga. El tango es la mejor música del planeta. Los argentinos somos ingeniosos, aventureros, capaces de improvisar. En el fútbol, el Sudamericano de 1957 afianzó esa idea de ser los mejores. ‘Armamos un equipo de apuro y salimos campeones. Nadie puede con nosotros’, esas suelen ser las lecturas superficiales. Pero, ¿en qué condiciones llegaron los rivales, qué méritos tenía el fútbol argentino fuera del continente? Ninguno. Eso nadie lo evaluó antes de Suecia”, acota con cierto toque irónico.
Al Mundial de 1958 no llegaron hombres notorios de aquel equipo campeón en Lima como Humberto Maschio, Ernesto Grillo, Antonio Angelillo y Enrique Omar Sívori, transferidos a Italia en históricas y millonarias operaciones, por lo que quedaron fuera del plantel.
Igual, el propio Stábile se entusiasmó con los compromisos de práctica tras el desembarco en Italia. Primero un contundente 2-0 a un combinado milanés integrado por jugadores de Inter y Milan (con Maschio, Angelillo y Sívori en sus filas), después 1-0 a Bologna y más tarde una amplia goleada 7-2 al club Raa de Suecia.
Figuras de renombre del fútbol mundial también dieron enorme dimensión a las potencialidades de los argentinos y acrecentaron la ilusoria visión de una coronación. “La defensa argentina es elástica y rápida, cubre bien los claros, quita, lleva la pelota hacia delante, hacia sus habilidosos atacantes. Será muy difícil ganarles en Suecia. Para vencerlos, mis muchachos tendrán que jugar como en Suiza”, advirtió Sepp Herberger en aquellos días. El técnico alemán se refería al nivel que mostró su equipo en la final que había coronado a los germanos en el Mundial anterior, en 1954. Fue un épico 3-2 ante Hungría, luego de un 0-2 inicial. Aquel triunfo fue bautizado como “El milagro de Berna” y Herberger fue el artífice de un éxito que quedó acuñado en la historia de su país. Aún hoy se lo asocia con el “resurgimiento de Alemania”, una de las simbólicas estampas de la rehabilitación, después del oscuro derrumbe de la Segunda Guerra Mundial. Herberger era un personaje respetado en el mundo del fútbol por aquellos años, aunque su autoridad quedaría manchada años más tarde cuando salieron a la luz sus simpatías y gestos obsecuentes con el Führer.
Sólo seis partidos de experiencia en dos Copas del Mundo acumulaba el Seleccionado argentino. Cinco en Uruguay 1930, con triunfos ante Francia, México, Chile y Estados Unidos, antes de caer en la final con los anfitriones (2-4). Y uno en los octavos de final de Italia 1934, derrota ante Suecia 2-3, en el segundo pleito oficial con una formación europea. Escasos antecedentes de cara a su tercer Mundial.
A la Copa de 1938, organizada en Francia y ganada por Italia, la selección no asistió pues los dirigentes argentinos aspiraban a ser sede del torneo y como no lo lograron, se fastidiaron y decidieron no enviar al equipo. Un grupo de seguidores casi entran por la fuerza a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) enardecidos por la tajante decisión, pero la policía lo impidió. Algo parecido ocurrió en el Mundial de 1950, luego del receso forzado por la Segunda Guerra. La AFA resolvió no jugar en Brasil en respuesta a la Confederación anfitriona, que había prohibido tiempo atrás a sus equipos medirse contra escuadras argentinas. No obstante, algunos historiadores atribuyen esa ausencia a una orden emanada del gobierno de Juan Domingo Perón, que temía que un regreso sin el título fuera perjudicial a la imagen de su gestión. El deporte, con varios éxitos internacionales y amplia repercusión y acceso para la clase obrera en aquellos años, era estandarte del peronismo.
La Selección argentina, con Stábile en la conducción técnica, ganó los Sudamericanos de 1945, 46 y 47 sin perder ni un partido con nombres rutilantes en las formaciones. Pero mantuvo su postura de no enfrentarse con escuadras europeas. Así, tampoco asistió al Mundial de Suiza en 1954. Según admitió muchos años después Valentín Suárez, en una acalorada reunión Perón le había preguntado si el equipo argentino podía volver de Europa con el título. La vacilante respuesta de Suárez, en aquellos años presidente de la AFA, fue que no podía garantizar el triunfo. Entonces la respuesta de Perón fue lacónica. “No vamos al Mundial”.
“Si Argentina hubiera estado en Suiza habría tenido una actuación destacada”, confió Stábile a cronistas de la época, luego de asistir como observador a la Copa ganada por los alemanes en Berna. El mito seguía creciendo. El fútbol criollo no había rendido examen pero se percibía a si mismo como “el mejor del mundo”. La arrogancia dominaba el escenario de ese deporte.
“El deporte es como un muestrario sociológico. En él se reflejan pasiones, sensaciones y usos de una sociedad. En 1958 los argentinos se creían los mejores, aún sin haber tenido confrontación con ningún equipo de Europa. Esa es una típica visión de posturas que imperan en nuestra cultura. El otro no existe, sólo miramos para adentro, sin comparación, sin evaluación. Sin admitir aciertos ajenos y errores propios. El trabajo en equipo es difícil en Argentina, el pensamiento en red, que hoy impera en el mundo, en nuestra sociedad casi no existe. El Mundial de 1958 anticipa la parábola de la irracionalidad y cierto egocentrismo que domina nuestra sociedad. Una vez más, el fútbol es una pantalla que refleja con bastante nitidez lo que somos”, grafica con marcado tono crítico Rodolfo Venialgo Acevedo, siquiatra.
“Argentina es superior al Brasil que jugó en Suiza y que perdió con Hungría en cuartos de final. Los argentinos tienen más calidad que los brasileños. Me impresionaron”, insistió Herberger, quien se atajaba antes de debutar en el Mundial frente a los desconocidos sudamericanos. Sin saberlo, el prestigioso DT germano seguía acrecentando con sus afirmaciones la soberbia del equipo argentino. Eduardo Lorenzo Borocotó con sus crónicas en la revista El Gráfico acaso buscó mitigar el exceso de triunfalismo. “De afuera es pan comido, adentro el pan está un poco duro”, pregonaba el periodista al referirse a los partidos con selecciones europeas. También recordaba en las semanas previas a la competición, que en Buenos Aires, Argentina “sólo le ganó 1-0 a España” y luego venció “apenas por el mismo marcador a Italia y derrotó a Inglaterra, ahí no más”. No obstante, radios y periódicos se empecinaban en instalar la corona de laureles en la cabeza de los jugadores argentinos antes de jugar.
“Fuimos al Mundial a la deriva. Pero nos dimos cuenta de eso después. Ni sabíamos cómo jugaban nuestros rivales. Teníamos en claro que íbamos a enfrentar a selecciones que jugaban muy bien, pero nosotros estábamos convencidos de que jugábamos mejor. Así nos fue”, insiste Carrizo, con inocultable tristeza.
El historiador Fernando Devoto aporta una visión más abarcadora de aquel Mundial y su simbolismo en la sociedad. “El deporte jugó un papel importante en una serie de mitos de los argentinos, como el mito de pretender para el país un lugar manifiesto y central en el consenso mundial. Argentina en el centro del universo”, sostiene Devoto. El investigador recuerda que José Ingenieros en 1910 proyectaba al país a ese lugar central, cuando en uno de sus trabajos aseguró, sin vacilaciones, que Argentina y Australia iban “rumbo a convertirse en los imperialismos futuros”. Acaso era el primero en escribirlo, pero no el único en pensarlo durante décadas. El enfático pronóstico, obviamente, jamás se cumplió.
“En la sociedad y en las ideas de esta sociedad, Argentina aparece recurrentemente predestinada a tener un lugar central en el mundo. Esa fantasía choca reiteradas veces con la realidad y en 1958 ese sesgo narcisista comienza a darse de cara con los hechos”, afirma Devoto. El país que hereda Frondizi era uno que todavía tenía posibilidades de expansión, aclara, pero “con alguna tensión sobre el mito originario de un país dominador”, afirma Devoto. Para el historiador, “los éxitos deportivos actúan en Argentina como compensatorios de logros políticos o económicos que no se pueden alcanzar”.
El 8 de junio en Malmö, el seleccionado de Stábile afrontó su séptimo partido en una Copa del Mundo, el 307 en toda su historia. Los argentinos, con una inusual casaca amarilla como atuendo, controlaron el balón con habilidad y lograron sorprender a los germanos con un gol de Oreste Corbatta a los 20 minutos. Las caras de esperanza duraron muy poco. Sus rivales, con un juego práctico y contundente, terminaron imponiéndose 3-1 sin sobresaltos, ante 31 mil espectadores que observan las acciones con cierta indiferencia.
“Los argentinos son jugadores magníficos, pero se entretienen y demoran mucho con la pelota”, reflexionó tras el choque el entrenador alemán Herberger, que tantos temores había encendido horas antes de medirse con los que resultaron unos inofensivos oponentes. Así, lo que parecía una virtud propia del futbolista criollo, el exagerado dominio del balón, los malabares, las fintas y gambetas y cierto barroquismo en el juego, se convertía, de buenas a primeras, a los ojos de un experto europeo, en un problema de difícil solución. “Muy habilidosos pero lentos”, aseveraba el germano, con más tono de crítica que de elogio y en un marcado cambio de parecer.
Alemania, último campeón, que iba a finalizar cuarto en el torneo tras perder con Suecia (3-1 en semifinales) y con Francia (6-3) en el choque por el tercer puesto, había dado a los argentinos la primera bofetada. Pero la formación sudamericana logró recuperarse tres días después en Halmstad, con una festejada victoria ante Irlanda del Norte por 3-1. Corbatta, de penal, Norberto Menéndez y Ludovico Avio con sus goles hicieron reverdecer certezas de triunfo.
Los irlandeses habían superado 1-0 en el primer partido a Checoslovaquia, el siguiente rival de los dirigidos de Stábile, por lo que el entusiasmo desbordó a la delegación nacional. La prensa consideró “un accidente” el traspié del debut, pues Alemania -después de todo- era el campeón mundial. y apostó a rajatabla por una cómoda victoria ante los checos en la última fecha del Grupo 1. Más aún porque Argentina ya había vencido a ese equipo europeo poco conocido por 1-0, en un amistoso en Buenos Aires, antes de emprender la gloriosa aventura del Sudamericano de Perú. El optimismo renació: Argentina todavía podía aferrar el título.
“Los jugadores de Checoslovaquia juegan de primera, se desmarcan con facilidad, no obstruyen. Tampoco arriesgan con la pelota, algo tan generalizado en los criollos. Además, lucen un estado atlético perfecto”, advertía desde las páginas de El Gráfico Borocotó. Sus líneas se transformaron en un certero pronóstico.
Ángel Labruna miró de reojo a sus rivales, antes del inicio del partido en el estadio Olimpia de Hälsingborg. Le llamó la atención la altura de los checos y esos números gigantes, casi grotescos, sobre las espaldas de sus casacas. “Les pasamos por arriba, deben ser torpes con la pelota”, pensó en silencio, mientras fruncía el ceño en gesto característico. Le guiñó un ojo confiado a Osvaldo Cruz, poco antes de que el enjuto árbitro inglés Arthur Ellis inflara sus pulmones y pitara con ganas, para el arranque del partido. A Corbatta, en cambio, le sorprendió la serenidad y la continua sonrisa del espigado y rubio arquero Bretislav Dolejsi. El portero afrontaba su tercer partido en un Mundial, sin guantes, igual que Amadeo, aunque la mayoría de sus colegas europeos habían dejado de lado la costumbre de atajar sin protección. Federico Vairo, en tanto, pensó preocupado si sus piernas le iban a responder. Era el tercer pleito en una semana y sentía, al igual que varios de sus compañeros, cierto entumecimiento en los músculos. Los entrenamientos de los argentinos, habituados a jugar una vez por semana, no ponían el acento en el cuidado físico y la resistencia. “Los nuestros tienen talento”, se dijo para sus adentros Stábile, a modo de estímulo.
Checoslovaquia, que había sido subcampeón en la cita de 1934 cuando el fascista Benito Mussolini condicionó árbitros y llevó a Italia a la coronación, se lanzó desde el primer minuto al ataque. Sistemáticamente, de modo masivo, pero con orden y precisión abrumadora. Los europeos necesitaban ganar para asegurarse un lugar en la segunda fase, luego de la inesperada caída ante Irlanda del Norte y un heroico empate (2-2) ante Alemania, tras una desventaja inicial de 0-2. Los pases largos y precisos fueron letales para los defensores de Stábile. A los cinco minutos de juego, los argentinos estaban impresionados. A los ocho ya perdían 1-0. La velocidad de los hombres de casaca blanca resultó demasiado para la pobre preparación de los sudamericanos, superados táctica y físicamente durante todo el juego. El primer tiempo terminó con un contundente 3-0 para los checos que marcharon frescos y raudos al vestuario, en contraste con el estupor y cansancio de sus adversarios. Corbatta logró descontar a los 20 minutos del segundo tiempo, pero una nueva ráfaga de velocidad y precisión del equipo blanco aniquiló las ilusiones.
Así, Argentina sufrió el 15 de junio en Hälsingörg su derrota más humillante en un Mundial, luego de que Checoslovaquia se despachara con un histórico 6-1. Unos 16 mil impasibles suecos presenciaron las acciones, sin saber que el partido quedaría en la historia del deporte de aquel lejano país sudamericano. El pulcro vestuario del estadio sueco fue testigo de la ira de algunos de los integrantes del plantel argentino y de la intensa sensación de tristeza, desconsuelo y culpa que aplastó a esos futbolistas. En aquel momento, mientras repasaban las borrosas imágenes de un partido que no olvidarían jamás, ninguno imaginó lo que les esperaba en Buenos Aires. Lo peor no lo habían vivido en el campo de juego. La pesadilla apenas empezaba. Nadie tomó conciencia de la dimensión que tomaría la goleada en Buenos Aires.
Los futbolistas argentinos no recibieron ni un peso por jugar el Mundial. Enojados, los dirigentes no les permitieron quedarse a ver los restantes partidos del certamen. Para colmo, el que brillaba con todo su esplendor era Brasil, con el juvenil Pelé y una novedosa táctica de ataque que le llevó a ganar el primer título de su historia. Los elogios a los brasileños eran una tormenta de espinas para los desconsolados argentinos. La humillación se agigantaba. En Suecia había un campeón sudamericano, pero era Brasil, que alzó la Copa y comenzó a cimentar su fama. El mismo seleccionado que meses atrás había sido ruborizado por los argentinos en el Sudamericano y que se tomaba revancha de su fatídico Maracanazo en 1950, cuando Uruguay les robó la alegría en su propio suelo y se consagró en Río de Janeiro.
“Nos tocó vivir la peor etapa de un seleccionado en la historia. Argentina perdió otras veces mal, pero nunca de ese modo en una Copa del Mundo y a mí me tocó ser el arquero. Por años debí acarrear ese desastre. Se burlaban de mí en todos lados. Me gritaban lo peor, pese a que ya era un consagrado. Es un orgullo jugar en el equipo nacional pero me arrepiento de haber estado en aquel Mundial”, se lamenta Carrizo, que nada pudo hacer contra el poderío de los checos. Según el arquero, la “velocidad y la simplicidad de ataque” de los europeos era incontenible para sus compañeros de la defensa. “Desbordaban, tiraban el centro y llegaba alguien libre para marcar. Así, simplemente, del mismo modo nos hicieron cuatro goles”, grafica Amadeo. Para Rodolfo Venialgo Acevedo, un avezado observador de las costumbres argentinas, Argentina “es un país donde se devora a los ídolos”. “Somos caníbales, convertimos en dioses a los exitosos o a los famosos, les trazamos metas que son nuestras más que de ellos, les hacemos creer que las alcanzarán, pero cuando no pueden llegar a ellas los aniquilamos, sin piedad y con llamativo salvajismo”, grafica el psiquiatra, ahora alejado de los consultorios.
“No hubo fallas, lo que hubo fue una superioridad neta del adversario”, escribió Borocotó en sus envíos y habló de “una lesión dura, hasta cruel”. Los periódicos y los comentaristas radiales se lanzaron con vehemencia sobre el plantel. “Cada vez que paraban la pelota tenían tres rivales encima”, se quejaron los especialistas. “Contra Irlanda fue un milagro y los milagros no se repiten”, apuntaron aún más hirientes los mismos que aseguraron que el equipo estaba recuperado tras aquella victoria. “Néstor Rossi está muy lento, demasiado lento, ya no puede jugar”, escribió un columnista deportivo. El reportero olvidó de pronto que el veterano mediocampista, de 33 años de edad, pocos meses atrás había sido calificado como “el patrón de América” por su notable desempeño en el Sudamericano de Lima. Rossi fue uno de los más atacados por la prensa y tras el Mundial jugó un solo partido más para River Plate (…) apabullado por los cuestionamientos. Desde las páginas de El Gráfico se recalcó que Brasil era “la representación moderna del fútbol sudamericano”. Los brasileños, al influjo del talento de Pelé, Garrincha, Didí y Zagallo, entre otros, brillaron con su fútbol vistoso, ofensivo y se consagraron campeones por primera vez, luego de atravesar invictos el Grupo 4 y vencer a Gales (1-0), a Francia (5-2) y a Suecia (5-2) en la final. Su éxito no hizo más que agigantar la deshonra del fútbol criollo.
Unos trescientos desorbitados seguidores fueron a Ezeiza para recibir con insultos a la delegación argentina. Les arrojaron monedas y les gritaron “traidores” a los futbolistas. Corbatta, elevado al rango de semidiós en lejanas tardes de fútbol, agachó la cabeza y no pudo entender aquellos insultos tan lesivos. Justo contra él, tan amado y admirado días atrás. La policía simulaba frenar tanta vehemencia, pero en realidad su actitud pasiva y sutil no hacía más que favorecer los ataques de los hinchas. Rossi, siempre caudillo, también miró al suelo y supo que el final de su carrera estaba cerca. Los flashes de los reporteros estallaron en las terrazas del aeropuerto, las caras enardecidas de los simpatizantes quedaron grabadas para siempre. También el desconsuelo y la sensación de culpa de aquel puñado de jugadores.
José Sanfilippo, que no jugó ningún partido en el Mundial y que estaba próximo a ganar fama como el eficaz artillero del fútbol argentino llegó con un hematoma debajo de un ojo. “Fue un choque con un compañero en un entrenamiento”, comentó al pasar. Nadie dijo nada más hasta muchos años después La aureola morada en su cara era la secuela de un puñetazo de Carrizo, harto de sus gastadas y bromas inoportunas después del 6-1. Muchas décadas más tarde, Sanfilippo iba a ganar nueva notoriedad por sus despiadadas críticas a un arquero del Seleccionado argentino después de otra humillante goleada (Sergio Goycochea, luego del 0-5 ante Colombia en 1993). Historias parecidas, personajes repetidos, aunque en distintos calendarios.
“Suecia fue una pesadilla, un mal sueño que jamás se repetirá. Pero me llevó a renunciar al Mundial de Chile en 1962. Volví a la Selección en la Copa de las Naciones de Brasil, en 1964. Había sufrido mucho y no quería volver a pasar por la misma experiencia. En las canchas algunos hinchas y hasta los rivales se burlaban de aquella catástrofe. Fue terrible”, acota Amadeo, aún apesadumbrado al revivir su peor experiencia como futbolista.
“Así somos. En general, sin equilibrio. Elevamos a nuestros ídolos al pedestal de invencibles, los vemos como héroes, pero cuando aflora su condición de humanos falibles, los despellejamos. Irracionalmente. Aquellos muchachos del ’58 no habían perdido un campeonato jugando mal, para la sociedad argentina eran traidores a la patria. Demasiado cargo para un simple deportista”, esboza el ensayista Martiñá.
Stábile también fue duramente criticado. Igualmente volvió a dirigir a la Selección en 1960, pero jamás pudo remontar lo que pasó en Suecia. Poco después del regreso de Estocolmo, la policía debió poner una custodia especial en el departamento del entrenador, ubicado en Avenida Del Trabajo (actualmente Eva Perón) entre Curapaligüe y Malvinas, Todos se olvidaron de sus goles en el Mundial de 1930 y de los seis títulos Sudamericanos que acumuló. “Tuve veinte años de trabajo honrado como DT, desaproveché muchísimas oportunidades para ganar buen dinero. Pero todo quedó pulverizado por lo de aquel Mundial de 1958. Todos me atacaron, perdí el último round y me mandaron al rincón de los castigos”, afirmó desolado Stábile, a los 60 años, poco antes de morir en diciembre de 1966.
El técnico y los futbolistas se convirtieron en los únicos responsables de aquella inesperada aunque previsible caída. Poco se evaluó la desorganización de la AFA, la falta de entrenamientos, la escasez de conocimientos tácticos y el buen nivel de los equipos europeos. “Los hechos evidenciaron la necesidad de rectificar conceptos, modificar sistemas y adecuar la marcha al ritmo que fijan nuevas concepciones sobre el fútbol”, afirmó la AFA en la Memoria y Balance de 1958. El bochorno de Suecia estuvo muy cerca de provocar el alejamiento del titular de esa entidad, Raúl Colombo, un hombre estrechamente vinculado con el presidente Frondizi, pero quien finalmente logró mantenerse en pie.
Las discusiones, los debates y los golpes de la dura experiencia no generaron cambios productivos. Fallidamente el fútbol criollo copió modelos europeos a costo de perder su identidad. La desorganización siguió reinando y debieron pasar veinte años y cuatro Mundiales para capitalizar los errores, aprender y mejorar.
“Nuestro estilo rico y peculiar se diluía así bruscamente en un juego híbrido que, además de no dar frutos en el torneo de Suecia, dejó graves secuelas al poner fuertemente en duda el modelo de juego con el que los aficionados se sentían plenamente representados y llevó a que más tarde se dilapidara un patrimonio cultural que había tardado años en conformarse”, detalla el sociólogo Roberto Di Giano en su “Fútbol y cultura política en la Argentina. Identidades en crisis”, de editorial Leviatán. El autor, fundador del área interdisciplinaria de Estudios del Deporte en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, también reproduce en su reflexivo trabajo declaraciones del desaparecido Ángel Labruna, un miembro del seleccionado de 1958. “Todavía resuena en mis oídos y leo en todas partes ‘el desastre de Suecia’. Pero nadie dijo nada cuando cuatro años más tarde, fuimos a jugar a Chile, que es América, que es un país vecino y no hicimos nada en ese Mundial. Ese sí fue un desastre”, recalcó Labruna, con su pragmática sencillez.
Las selecciones argentinas padeciendo los mismos problemas estructurales hasta 1974, con oscuros desempeños y fracasos durante cuatro Mundiales. En Chile 1962, Argentina quedó eliminada en primera ronda con un opaco desempeño. En Inglaterra 1966, se edificó el mito de “campeones morales”, después de la resonante expulsión de Antonio Ubaldo Rattin ante Alemania, en cuartos de final, y el presunto complot contra los sudamericanos, que hasta el propio gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía agitó con frenesí. Al certamen de México 1970, el equipo nacional ni llegó, eliminado por Perú, tras un pálido 2-2 en la Bombonera de Buenos Aires.
Un insólito episodio ocurrido en el Mundial de Alemania de 1974 con el plantel argentino es una gráfica anécdota de los pesares de los equipos nacionales en aquellos tiempos. El diálogo entre el capitán del equipo y un ex dirigente de la AFA, reproducido por el propio ex futbolista, es elocuente:
-¿Están bien, necesitan algo? ¿Les traigo algunas mujeres, hay buenas alemanitas, bien rubias y grandotas, que pueden divertirlos un rato? ¿No las quieren para aplacar el aburrimiento?
-No, nada de mujeres en la concentración. Lo que necesita este plantel es un buen cocinero. Comer comida argentina, unos bifes, pastas. Tráiganos un cocinero, que se lo vamos a agradecer.
-¿Seguro? Está bien. No te preocupes, se los resuelvo en un par de horas.
Al día siguiente un nuevo integrante se sumó a la delegación argentina. Preparó unos estupendos bifes con cebolla, que desataron la aclamación de los futbolistas. A la noche, la misma comida. Al mediodía siguiente también. Y una vez más en la segunda cena. El capitán del equipo se inquietó entonces y encaró al presunto chef:
-Oíme pibe, riquísimos los bifes con cebolla a la criolla. Pero cambiá un poquito, no vamos a comer lo mismo todo el mes.
-No voy a poder ayudarlos.
La cara del capitán del equipo se transformó. Y el supuesto cocinero completó su explicación:
-Sabe qué pasa, yo no sé cocinar. Un cocinero era demasiado caro. Yo atiendo el bufete en Nueva Chicago, me doy maña para algunas cosas y me trajeron de apuro para resolver el problema, sin gastar demasiado.
En el Mundial de 1974, la Selección argentina no sólo no tuvo una buena alimentación. Pasó agónicamente la primera ronda pero cayó humillada 0-4 ante Holanda, perdió 2-1 con Brasil y empató 1-1 con Alemania Oriental, antes de regresar cabizbaja y criticada a Buenos Aires. Un triunvirato confuso de entrenadores había aportado más caos que orden a un equipo con notables futbolistas pero sin esquema colectivo. Aquel Mundial fue el último eslabón de una cadena de pesares inaugurada en 1958 y que duró dos décadas.